15 de enero de 2026

Entre montañas andinas, lagos sagrados y ciudades de altura, Bolivia guarda un calendario de celebraciones en el que la herencia indígena marca el pulso del verano. Desde enero hasta marzo, el país se llena de rituales a cielo abierto, ferias ancestrales y danzas coloridas que invitan a viajar para mirar, escuchar y estar.


El calendario gregoriano que usamos hoy ha dado forma a cómo percibimos el tiempo y organiza nuestras vidas. Pero cada cuatro años nos ofrece un pequeño cambio en forma de un día extra: el 29 de febrero, conocido como el día bisiesto. Exploramos algunos de los hechos más curiosos sobre esta peculiaridad del calendario.

Fuera de que la fiesta, como dijo Marcel Mauss, sea «un hecho social total, de expresión ritual y simbólica, sagrada y profana», en cada sociedad el tiempo se regula en torno a la estructura cíclica de las fiestas tradicionales. Para quienes participan directamente de ellas, ante todo, pero también incluso para cuantos meramente las observan, estas celebraciones crean estados mentales propios y son parte vital de la experiencia subjetiva. Y como no es posible pensar el fenómeno cultural de la fiesta sin conocer su música, hoy, Domingo de Ramos, de la música de la Semana Santa, del canto de los Estacioneros, nos habla Juan Pastoriza en este artículo.


Acaba de llegar un nuevo invierno al hemisferio sur y todos los habitantes del Paraguay hemos entrado oficialmente en él. El invierno es un fenómeno físico objetivo, una realidad exterior susceptible de definición fácil y precisa, pero también es una realidad interior y una experiencia subjetiva compleja, misteriosa y, como tal, difícil de definir, y esto siempre ha sido así y probablemente lo seguirá siendo. La experiencia subjetiva del invierno puede ser pensada con conceptos neutrales, pero también toca directamente el cuerpo del modo más arcaico y más primario, y despierta, por eso, un elemental fondo instintivo para el cual, como otras realidades análogas, aunque diferentes (la oscuridad, las sombras, el silencio, la soledad, la noche), no es sino una metáfora de la muerte contra cuya llegada la vida reacciona con los poderes del fuego y de la luz.