1 de enero de 2026

En playas, ríos y piscinas se ve cada vez con más frecuencia a perros sobre colchonetas, donuts hinchables o directamente nadando junto a sus tutores. Pero la imagen idílica esconde una pregunta clave: ¿es suficiente un flotador para mantener a salvo a tu mascota o es imprescindible un chaleco salvavidas específico?


Dormir del tirón con un cachorro o un gatito recién llegado a casa suele ser más una aspiración que una realidad. Llantos, maullidos, juegos a medianoche y despertares constantes forman parte del primer choque entre las necesidades del animal y los horarios humanos.

Viajar con mascotas dejó de ser una rareza: cada vez más hoteles son pet friendly, hay playas con sectores habilitados y hasta restaurantes que ofrecen bebederos y galletitas para perros. Pero que tu compañero de cuatro patas sea bienvenido no significa que el viaje vaya a salir bien por sí solo. La diferencia entre unas vacaciones placenteras y un recuerdo caótico suele estar, literalmente, en la maleta.

En un extremo de la correa, un chihuahua de poco más de un kilo cabe en un bolso de mano. En el otro, un gran danés puede pesar lo mismo que un adolescente. Ambos son perros, pertenecen a la misma especie (Canis lupus familiaris) y, sin embargo, su tamaño parece desafiar la lógica. Detrás de este contraste extremo hay un laboratorio silencioso pero implacable: la genética.

Con la llegada del calor, las playas se llenan de sombrillas, conservadoras y también de perros que acompañan a sus dueños. Pero mientras muchos se preocupan por el sol o las corrientes, un enemigo silencioso suele pasar desapercibido: la arena caliente.

¿El perro viaja con la familia o se queda en casa? Lo que podría parecer una decisión emocional es, en realidad, una cuestión de bienestar animal, logística y responsabilidad. Viajar con un perro no siempre es sinónimo de mejor opción para él.