Fundada luego de la Guerra de la Triple Alianza por cuatro familias de colonos alemanes, la ciudad de San Bernardino se erigió en la “Capital del Verano”, mostrando una serie de atractivos para los paraguayos que deseen pasar momentos agradables, a orillas del Lago Ypacaraí, o simplemente en sus residencias.
Grandes empresas proveedoras de todo tipo de productos montan sus estructuras de cara a la temporada que inicia a fines de diciembre y culmina a comienzos del mes de febrero, cuando ya se respira un ambiente carnavalesco.
En caravanas salen los vehículos de Asunción, Luque, San Lorenzo y de otras localidades, repletos de jóvenes que buscan un fin de semana diferente. El mercado inmobiliario vio con buenos ojos esta situación, tanto, que se lotearon varias zonas de la ciudad que, hoy en día, son prácticamente inaccesibles –inclusive– para personas de clase media-alta.
Esta descripción obedece al panorama que se vive en el mes de enero. La historia es muy diferente, el resto del año.
Conversando con pobladores de San Bernardino, que no cuentan con ascendencia germana, se puede notar la escasa –o nula– perspectiva de crecimiento que tienen ya que residen en la vivienda de sus patrones –quienes habitan en Asunción– gozando de todos los beneficios que implica vivir en una casa totalmente equipada, lista para recibir a sus dueños en cualquier momento.
Es más, ser “cuidador de casas” le otorga a una persona –o familia– un estatus diferente ya que este oficio se constituye en el más rentable y próspero, no por la ventaja económica, sino por los beneficios que implica residir en estas “minimansiones”.
Los accesibles planes para adquirir una motocicleta en nuestro país no escapan a “San Ber” ya que muchos de los que anteriormente se manejaban a bordo de caballos, hoy en día ya cuentan con sus propios biciclos.
Fuera de temporada, surgen los populares almacenes y otros pequeños comercios que sirven para nutrir a los autóctonos de víveres para sus respectivos hogares. Estos pequeños puestos, en temporada alta, quedan apartados ante la parafernalia montada en la ciudad y alguno que otro se “aggiorna” al boom veraniego.
Para los pobladores, solo queda esperar la temporada veraniega, soportar el infernal ruido de los automóviles con equipos de audio personalizados y aguardar la culminación de la misma, para reiniciar un ciclo que, hasta el momento, aparenta seguir siendo el mismo.
El sociólogo chileno Ricardo Ibarra Cofré, puntualizó en un estudio denominado “Segregación socio-espacial en ciudades turísticas”, destaca que la segregación socio-espacial ya no concibe el concepto de “ciudades”, girando en torno a la producción propia, sino que más bien hace que una urbe se vuelque a la producción de un espacio que permita el consumo de bienes, servicios y de paisajes.
Su estudio se basó en el fenómeno ocurrido en la localidad de Caneia, del estado Río Grande do Sul, Brasil, donde los programas están orientados exclusivamente a los turistas y no a los pobladores.
Durante prácticamente todo 2012, el intendente de San Bernardino Ramón Zubizarreta, habló de los planes que tiene San Bernardino de cara al verano, presentando inclusive el programa “San Ber 365”, que promueve actividades en la ciudad, fuera de temporada.
Los proyectos orientados hacia el verano hacen a un lado a la población de escasos recursos, inquilinos en “casas de verano”.
La situación está a tiempo de cambiarse y San Bernardino tiene una cuota social muy grande que pagar. Mientras esta deficiencia no sea atendida, seguiremos viendo un panorama desolador en la “Capital del Verano” que, mirando el movimiento de enero, uno tiene la impresión de que se equivocó de ciudad.