En tu infancia no hacía falta que vos y tus hermanos vayan a un gimnasio a entrenar artes marciales, ya que con ellos aprendías boxeo, karate y kung fu. Ahora, a pesar de los años que pasaron, siguen peleando como perros y gatos, y te molestan todo el tiempo solo porque les gusta ver como te pichás, pero ¡cuidado! que otra persona se te acerque, porque tus compañeros de vida sacan sus garras si intentan hacerte daño.
Cuando tus padres te pedían que los ayudes a limpiar la casa y tus hermanos no colaboraban, los amenazabas con contárselo a tu mamá, pero te chantajeaban diciéndote que no te acompañarían al cumpleaños de tu amiga, por lo que tenías que aguantarte. En momentos como estos podés decir mil veces que los odiás, pero sabés que, muy en el fondo, sentís afecto por ellos.
Pueden decirte siempre que sos una nenita que se pasa haciendo berrinches hasta conseguir lo que quiere y más de una vez te habrán querido meter en la cabeza que tus padres te recojieron del basurero o sos adoptada. Sin embargo, cuando hablás con un muchacho, no pueden disimular los celos y les sale el papel de padre sobreprotector.
Muchas veces intentan hacerte la vida imposible, pero juntos compartirán muchos años más, y depende de vos convertirlos en tus cómplices y amigos. Es verdad que no podés elegir a tus hermanos; no obstante, se debe admitir que esta relación es única, pues constituye uno de los vínculos más fuertes y duraderos que existen. Son tus compañeros de vida y, por más que estén todo el tiempo molestándote, sabés que tus días no serían los mismos sin ellos.
Por Valeria Candia (18 años)