El colectivo es el escenario propicio para el típico ñembotavy que, al ver subir a personas adultas, embarazadas o madres con criaturas, percatándose de que no hay asiento disponible, se hace el desentendido. Esto ocurre en un ambiente denso, porque también debemos tener en cuenta que viajar en colectivo es una verdadera odisea a causa del mal estado del bus, el intenso calor, la imprudencia del chofer, etc. Estos factores hacen que el simple hecho de trasladarse de un lugar a otro se convierta en una total aventura y, cuando tal hecho ocurre, se crea un dilema y llega la inevitable pregunta: ¿cedo o no mi asiento? Si respondo que no, las típicas excusas son: “Estoy muy cansado”, o “la señora se encuentra muy lejos y no me mira luego”; por lo que te hacés el desentendido para no tener que levantarte.
Como jóvenes, nos encontramos en condiciones más ventajosas que las personas mayores, debido a que con frecuencia muchas de ellas ya no tienen la misma energía de antes, se sienten fatigadas por el trabajo o por los problemas que padecen a diario. Por estos motivos, es mejor que hagamos a un lado el kaiguetismo y nos animemos a renunciar a nuestra comodidad para que otros descansen.
No olvidemos que algún día, si Dios y la fortuna nos permiten, llegaremos a ser personas mayores y con esperanzas de encontrar un joven amable que nos ceda el asiento en el colectivo.
Por Matías Orué (17 años)