¡Ayuda siempre y sin juzgar!

Este artículo tiene 13 años de antigüedad
Imagen sin descripción

El cuento que proponemos a continuación esconde dos lecciones. A ver si las descubrís… Fue escrito por Renée Ferrer de Arréllaga, escritora paraguaya destacada en los versos y en la prosa, galardonada con varios premios nacionales e internacionales.

(Renée Ferrer)

Cierta vez una sirena encontró entre el oleaje embravecido del mar a un pescador que se hundió con su barca y la pesada carga que llevaba. Era muy hermosa y tenía el rostro sonrosado por los blandos golpes de la espuma; plantas marinas habían prendido en sus cabellos como en un jardín flotante, llenándolos de flores; y su cola brillaba con destellos de plata bajo una capa de algas, que la envolvía deliciosamente entre sus pliegues.

El pescador, a pesar de la situación en que se encontraba, no pudo menos que fijarse en la hermosura de tan extraño ser, y distraído por un instante de sus esfuerzos casi se hunde irremediablemente. Pero la sirena lo sostuvo entre sus brazos, salvándole la vida.

—Pescador, no temas —le dijo— ningún hombre que cae al mar y tiene la suerte de encontrar una sirena ha muerto. Veo que fuiste imprudente al pescar más de lo que tu barca podía resistir. Te llevaré a un lugar donde verás que no eres el único que, poseído por la ambición, se olvida de la prudencia.

Lo llevó entonces al fondo del mar. El pescador, ya repuesto del susto y hechizado por la sirena, vio ante sus ojos un paisaje en todo diferente a cuantos había conocido antes. En el lecho del mar, junto a los restos de pasados naufragios, se veían muchos hombres en diversas actitudes. El pescador extrañado preguntó quiénes eran.

—Son hombres que como tú perdieron la cordura. Algunos se internaron demasiado en las aguas y no pudieron volver a la costa; otros, entusiasmados con una buena pesca, se perdieron en la noche chocando contra los arrecifes, y los demás se sumergieron para conocer la vida submarina sin acordarse de que los hombres no pueden vivir debajo del agua como los peces.

El pescador sintió mucha pena por ellos y comprendió su equivocación. Mientras recorría el reino de las sirenas se acordó de su casa, ubicada sobre una colina desde donde se divisaba el mar. Pensó en su esposa, seguramente desesperada por su tardanza, y en sus hijos que no tendrían nada que comer. Se dio cuenta de que daría todo cuanto poseía por recuperar su pasada felicidad.

La sirenita, que tenía el don de leer el pensamiento, comprendió cuan arrepentido estaba. […]

—No te preocupes, yo te llevaré a la costa si me prometes pescar con moderación de tal forma que nada te falte y nada te sobre.

Así se lo prometió el pescador. […]

A la semana siguiente el hombre amaneció tendido en la playa. Al despertar volvió apresuradamente a su casa donde le contó a su mujer lo sucedido.

Después de mucho tiempo, un pececito que pasaba montado en una ola le contó que la sirena había vuelto al fondo del mar, dejándole como recuerdo su capa de algas.