«Fortín Duarte, 1 de diciembre de 1932
»¡Querida Familia Schultz! Tengo la esperanza que esta carta les llegue a todos gozando de buena salud. Cuando les llegue, Navidad ya habrá pasado, pero a pesar de eso les deseo a todos felices fiestas y un próspero Año Nuevo. Para nosotros, aquí en el Chaco, no habrá fiesta ni nada para festejar; sin embargo, el 24 me acordaré de Uds. y soñaré con un pesebre o un árbol de Navidad.
»Aquella vez, cuando les escribí la carta anterior, salimos al siguiente puesto, llamado Mayor Álvarez, fueron más o menos seis leguas y media. Ya era de noche cuando llegamos, muertos de cansancio, gracias a Dios había agua durante todo el camino. Al final de la caminata tuvimos que atravesar un estero lleno de pequeñas astillas o esquirlas de moluscos que entraron en nuestras botas, por supuesto teníamos que sacarlas y limpiarlas. A la mañana siguiente seguimos caminando, los pies nos dolían a todos, y así llegamos al puesto Nº 2, habiendo hecho de nuevo seis leguas y media. Era el 25 de noviembre, nuestros pies tenían heridas. De tarde se faenaron dos novillos, había poca agua; mucho tiempo no llovió. Nuevamente a la mañana siguiente seguimos caminando. Había mucho, pero mucho polvo, y ni una gota de agua. Un calor tan intenso que la sangre hervía en nuestras venas. Las aspirinas que madrina me envió me vinieron muy bien.
»A las 15 hs. de esa tarde llegamos a un estero donde pudimos saciar nuestra sed y llenar nuestras cantimploras. Enseguida fueron faenados nuevamente unos novillos para asado, para luego descansar. Dormimos hasta las 5 horas, para emprender la marcha a través del estero hasta Laguna Bella. En este lugar hubo un combate el 1º de octubre entre los bolivianos y la Co. d. l. M. Dormimos entre los muertos. A la mañana siguiente encontramos a los seis paraguayos muertos en ese combate. Estaban como disecados, un aspecto raro; todavía tenían puesto el típico sombrero de nuestros soldados. Los llevamos al lugar de los bolís, donde los acomodamos en su última morada. Acto seguido hicimos una pausa. En pleno almuerzo, las mismas moscas que se posaron en las cabezas de los combatientes fallecidos aterrizaban en nuestra comida. Estábamos acostumbrados a muchas penurias, pero eso fue demasiado. La consecuencia fue nuestra rápida salida de allí.
»A la mañana siguiente, asaltamos el Fortín… ¡Oh sorpresa! ¡Toda la tropa de los bolís huyó! Como también el oficial que los comandaba en un caballo sin montura. Hicimos un valioso botín. Después quebramos el palo santo que usaban como torre de observación, de unos 30 metros de altura, una cosa rara. Incendiamos todo, destruimos las anchas paredes, donde había una aspillera. Debajo de la mecha, encontramos la chaqueta, el pantalón, el reloj de oro, las botas, el sable, el revólver y la billetera del oficial (que huyó a caballo sin montura) con 350 $ bolivianos. Volvimos a Laguna Bella y mandamos a Puesto Moreno una comisión. Los aviones de los enemigos cruzaban sobre nuestras cabezas durante todo el día.
»De noche se recibió el aviso que se acercaban 500 hombres con dos cañones y algunas ametralladoras. El capitán Rodríguez ordenó inmediatamente la retirada. Nos ubicamos al otro lado del estero. A la otra mañana volvió la comisión que había ido hasta Puesto Moreno, dijeron que allí no había bolivianos, pero trajeron consigo un espía. El cabo Martínez, otros y yo lo fusilamos a las 11 de la mañana. Fue sepultado sin ceremonia especial y seguimos el viaje. Pasamos el lecho seco del río Pilcomayo, los pies nos dolían, las botas se destruían, ni una gota de agua a lo largo del camino. De noche, a las 20 hs., llegamos al Puesto Nº 2 M. Álvarez, allí encontramos agua, la tomamos sin fin. Para comer no había nada, y, como habíamos marchado siete leguas, dormimos al momento.
»Al mediodía siguiente llegamos al Puesto Nº 1 Mayor Álvarez. Todos estos puestos pertenecían a un argentino; lo llamaban Mauricio Álvarez. Fueron faenados algunos animales y asado no faltó, agua también había abundante. Siguiendo camino, llegamos al otro día al Puesto de las Aves; nuevamente faenamos algunas piezas de ganado; los pocitos apenas tenían agua. Descansamos un poco después de tanta caminata (es que en seis días hicimos 41 leguas). Al 7º día llegó una orden de Plácido Jara de volver a caminar, salimos rápidamente y a altas horas de la noche llegamos al campamento Juan E. O’Leary. Este campamento quedaba a cinco leguas y media del Puesto de las Aves. Aquí nos aguardaba el comandante.
»Al día siguiente recibimos 15 cigarros cada uno y una caja de fósforos; acto seguido, de nuevo a la marcha. A mediodía llegamos al Fortín Mcal. López, a cinco leguas y media del campamento J. E. O’Leary; aquí descansamos dos horas antes de seguir la marcha. A las 22 horas por fin llegamos al Fortín Gral. Duarte, a cuatro leguas de Mcal. López, ya en el sector de Nanawa.
»Imagínense Uds., al día siguiente, después de dos meses, nos dieron como desayuno un jarro de mate cocido dulce con cinco galletas, fue sabrosísimo. Para el almuerzo nos sirvieron tres galletas y una sopa muy rica, hasta sal tenía. A la tarde llegó el comandante y nos comunicó que obtendríamos caballos; al mismo tiempo, nos fueron entregadas las monturas, y seis cigarros para cada uno. De noche volvimos a comer otra sopa muy buena, y enseguida nos trajeron los caballos para ensillarlos. Cabalgamos hasta una legua antes del Fortín Duarte.
»A la mañana siguiente salimos a buscar a los bolís, y los encontramos. Los atacamos por un instante para luego retirarnos. Teníamos la intención de atacarlos, pero ellos desaparecieron. Volvimos cabalgando a nuestro campamento, y a la mañana siguiente salimos otra vez a caballo, eran las 4 horas de la madrugada y al clarear el día llegamos al Fortín Duarte nuevamente. Se originó un combate muy intenso. Las balas cruzaban sobre nuestras cabezas. De repente, se escuchó un aullido como una sirena, ¡eran granadas! Después de dos horas y media de combate, tuvimos que retirarnos y volver a nuestro comando, éramos solo 39 hombres contra seis ametralladoras. Los caballos estaban agotados, muy flacos. Casi todos los días perdíamos uno. Teníamos que enterrarlos, aquí no hay cuervos, como allá, que se ocupen de los animales muertos.
»La época lluviosa ha comenzado, los ríos comienzan a crecer. En realidad, son lechos secos que solo en la época lluviosa se llenan de agua. En estas horas de descanso me pregunto: ¿por qué peleamos? Aquí faltan los hermosos bosques de nuestro Alto Paraná; no hay pequeños arroyos, colinas ni cerros, pero, eso sí, hay… muchísimos mosquitos, de día y de noche. Es un paisaje triste, y pienso que se asemeja a Australia (así me la imagino yo). Me he jurado no permanecer más de lo necesario aquí, lejos de mi Alto Paraná. La muerte es muy triste, fea. Pero a Catita díganle que “las violetas que me mandó las conservo conmigo”.
»Saludos y cariños,
»S.S.S. Klaus Werner Rexerodt»
El documento, originalmente escrito en alemán, fue traducido al español por Edith Helma Koehler y publicado por la Asociación Cultural Mandu’arã.
