Quyquyhó

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Este viejo pueblo adquiere nuevos bríos con una serie de obras que revalorizan su perfil histórico. La restauración del artístico altar franciscano, el arreglo del antiguo edificio escolar y la tranquilidad de siempre motivan a sus habitantes a seguir la vida en un lugar sin tiempo.

Quyquyhó es un lugar en el que todavía las carretas se desplazan por los caminos de tierra que se pierden en medio de las verdes campiñas y los oídos redescubren los sonidos de la infancia con el canto de los gallos. En esta época, los extensos patios lucen muy coloridos con las plantas de mandarinas, naranjas, limones y pomelos repletos de frutos. Basta extender la mano para deleitarse con los dulces y jugosos cítricos que nadie mezquina.

Aquí, el silencioso ambiente de un jueves es igual al de un domingo. Y las horas que pasan en absoluta tranquilidad apenas marcan tres tiempos: mañana, tarde y noche. No hay prisa ni desesperación. Solo el bullicio de los escolares al volver a casa rompe la quietud, que enseguida vuelve a imponer su dictado de paz. Pero en esta tierra encantadora las calles empedradas del centro se ven limpias, bien ornamentadas con arbusto japonés y, en su mayoría, las viejas casonas se conservan en buenas condiciones. Y la gente mantiene la tradición de amabilidad. “Llegué a fines del año pasado por primera vez con un grupo de amigos, queríamos ver pueblos antiguos paraguayos y me encantó. Me encantó porque es un pueblo pequeño, es un conjunto patrimonial. O sea, es un pueblo que aún está vivo, que aún se habita y que fue muy poco destruido o tocado por la modernidad. Y sus pobladores tienen conciencia del valor de su patrimonio, no están en esa fiebre que destruyó todo lo antiguo de los pueblos del Paraguay”, dice la politóloga e historiadora Milda Rivarola.

La intelectual asuncena planea radicarse en Quyquyhó una vez que termine de refaccionar la propiedad que adquirió. “Conseguí una casa antigua y estoy con ganas de venir a vivir acá. Es un lugar apacible, tranquilo, silencioso... Es precioso”. ¿Qué haría viviendo acá? “Escribiría, escribiría todo el tiempo. Esto es ideal para la inspiración”.

Tras año y medio de tareas, el altar mayor de la iglesia de Quyquyhó luce ahora el encanto de sus colores originales. Un grupo de restauradores, dirigidos por Olga Zuchini, encaró el delicado trabajo, que se halla en etapa final.

“Primero hicimos un croquis para desarmar el altar y bajar las piezas. Luego, la eliminación de la repintura que tenía. Esa es la parte más delicada. Donde había faltantes procedimos a la obturación, nivelación y reintegración”, explica Inocencio Ruiz Díaz, jefe del equipo de restauradores. “Retocamos solo las partes que eran necesarias. Lo que hicimos fue limpiar el barniz antiguo, que se había vuelto oscuro y no dejaba ver los colores y los adornos florales tan preciosos de la pintura original. Esta es una joya, una reliquia de nuestro país que se debe cuidar”, aporta Delio Alcides Samaniego. Por su parte, Rosa Villagra comenta que lo más complicado de la tarea fue reponer la policromía faltante. “Se había destechado la iglesia y una lluvia se llevó toda la pintura de una parte del altar. Resultó difícil cubrir de vuelta, imitando la pintura original”.

El que se encargó de hacer toda la documentación fotográfica del proceso de restauración fue Marcos Román. “Tomé fotografías antes, durante y después de concluir los trabajos.

Y ahora estoy haciendo una limpieza de los adornos de las sillas; se había acumulado mucha suciedad por el paso del tiempo. Y es un trabajo minucioso, porque hay que cuidar no dañar la pintura original que resta en las piezas que tienen dorado a la hoja”.

Miguel Ángel Benítez, carpintero de profesión, se ocupó de desarmar el retablo y las piezas de arte sacro para iniciar la recuperación. También con mucho oficio procedió a reponer las partes destruidas o perdidas. “A mí me gusta recuperar nuestra historia y haciendo estos trabajos aprendo cómo eran los ensamblajes de los muebles o de los altares de antes. Observo cómo trabajaban los antiguos carpinteros, que usaban casi siempre tarugos de madera. Repongo las partes faltantes, siempre respetando lo original. Hago una réplica exacta donde ya no tiene. No invento nada”.

Renovada por dentro y por fuera, la iglesia es el patrimonio arquitectónico más emblemático del pueblo. Y es grande el esfuerzo hecho por los lugareños para llevar adelante en forma conjunta con el Ministerio de Obras Públicas (MOPC) la concreción de las obras. María Gloria Liló Giménez de Guerrero encabeza una agrupación vecinal que activa para recaudar fondos destinados a la restauración. “Ya se gastaron más de 30 millones de guaraníes, que juntamos con el apoyo de la gente del pueblo. El MOPC solventa los honorarios y transporte de sus profesionales que trabajan aquí, y nosotros nos encargamos de proveerles los materiales, manutención y hospedaje. Aparte, conseguimos los 15 millones (de guaraníes) que nos salió la pintura del edificio y arreglos en los pisos de adelante”.

Liló valora la predisposición de sus compueblamos que se unen a ella los sábados para preparar empanadas y venderlas. El dinero que recaudan se utiliza para solventar los gastos del cuidado del templo. “Generamos la plata para mantener por adentro y por fuera nuestra iglesia, por eso está tan linda. Y todos colaboran comprando las empanadas”, agradece.

La que también aporta su grano de arena para que la Escuela Básica N.° 76 Gral. Fulgencio Yegros luzca un aspecto renovado y los alumnos reciban alimentación diaria es María Clementina Fernández de Orzuza. Fue electa por segunda vez presidenta de la Asociación de Cooperación Escolar (ACE), porque su gestión es valorada por los padres de los escolares. “A través de la ayuda que hemos solicitado a la Gobernación de Paraguarí logramos el arreglo de nuestra institución escolar, por un monto de 141 millones de guaraníes. Se mejoró la parte eléctrica, el techo y la pintura. Ahora encaramos la realización de un jardín frontal; pedimos colaboración a la gente que ha pasado por esta institución para llevar adelante el mejoramiento de la vereda. Y esto nos cuesta caro, necesitamos más fondos, por eso nuestra comisión está trabajando a full. Además, les estamos dando de comer a los chicos. Acá reciben desayuno, almuerzo y meriendas los 300 alumnos”.

Clementina detalla que el menú consiste en guiso de arroz con pollo, guiso de carne con fideos. “Procuramos, golpeamos puertas para pedir colaboración a la ciudadanía para mejorar cada día nuestros alimentos. A los chicos les encanta, porque tienen postre también: budín de coco y chocolate, ¡riquísimo es!”.

¿Cómo marcha la educación en Quyquyhó? “Bien, tenemos aproximadamente 300 niños en nivel inicial, primer ciclo, segundo ciclo y tercer ciclo, turnos mañana y tarde”, responde el profesor Félix Alberto Samaniego, director del Área Educativa N.° 11. El anfitrión de la Escuela Gral. Fulgencio Yegros lamenta que todavía no puedan contar con equipos de computadoras para avanzar con la tecnología. “La Vicepresidencia de la República nos prometió equipar una sala temática con 16 computadoras, pero no hemos recibido nada hasta ahora. Nos apuramos en acondicionar una sala para recibir el equipamiento tecnológico, pero se quedó en la nada. No perdemos la esperanza, es un sueño que deseamos se concrete”.

La onda expansiva de arreglos alcanza a la Municipalidad de Quyquyhó, que reformó su fachada y las oficinas de atención al público. Las obras fueron encaradas con parte de los 700 millones de guaraníes que la Comuna recibe de Itaipú en carácter de royaltíes cada año. “El local municipal está con una fachada excepcional. Desde el año pasado iniciamos las reformas, porque el techo estaba con goteras y el edificio se veía muy deteriorado”, manifiesta el profesor Bernardo Cabrera, presidente de la Junta Municipal.

Para el político colorado y maestro de escuela, la restauración de la iglesia es un signo positivo que puede servir para abrir la localidad a un proceso de explotación turística.

“Normalmente vienen pocos visitantes, pero acá tenemos muchas cosas lindas para mostrar. Mantenemos las casas antiguas, que por ordenanza municipal no se pueden tocar. Si la gente quiere hacer reformas, debe recurrir a la Municipalidad para pedir autorización de acuerdo al proyecto que presenta. Queremos preservar ese estilo colonial de nuestro querido Quyquyhó”.

Cabrera hace saber que la población aguarda con enormes expectativas la conclusión del empedrado del camino que une Quyquyhó con Caapucú, que con serios retrasos lleva adelante el MOPC. “No paró la obra. Se está trabajando de a poco, va muy lento. Queremos que termine. Será de gran utilidad para el desplazamiento de todo tiempo. Es muy necesario para nuestra comunidad contar con esa ruta, porque en días de lluvia no podemos salir de acá”.

Hace 72 años, los ojos de Teófila Arzamendia miran el mismo paisaje: la iglesia en medio de una gran plaza empastada. Y en siete décadas de vida, los cambios que vio fueron mínimos pero importantes. Las vacas y los caballos que deambulaban por las arenosas calles céntricas ya pertenecen a sus recuerdos. Hoy, el empedrado cubre gran parte del área urbana y hay muchos jardines en las veredas de las casas. Y la gente acostumbra a salir a sentarse por las tardes para ver lo poco que pasa en el pueblo. Ella es una de las que siempre están afuera sentadas. Aquí, bajo el corredor de la antigua casa de tiras que perteneció a su abuela Lorenza Arzamendia, aguarda clientes para su farmacia San Ramón. Enfermera de profesión, Teófila dedicó 25 años al cuidado de los enfermos en el Hospital de Quyquyhó. Se jubiló hace tres años y abrió la farmacia que provee medicamentos al pueblo. “Hay días en los que no aparece ni un solo cliente. Una se sienta... A veces llegan cinco, seis; de mañana, dos; de tarde, tres, y de noche y madrugada vienen a tocar el timbre y cuando hay urgencia me tengo que levantar a atender”. ¿Qué medicina busca más la gente? “Y muchas cosas: antibióticos, antiinflamatorios”. El rostro de Teófila ahora refleja felicidad, va a ser abuela. Cristina, la esposa de su hijo Víctor, está esperando bebé. Viven con ella y se amplía la familia. “Está en camino un nieto. Dios quiera que me vengan dos o tres criaturas de una vez, les dije”, remata con una sonrisa.

Heredera de una de las más antiguas casonas del pueblo, la señorita María Luisa Ibáñez, maestra jubilada, divide su tiempo entre Quyquyhó y Asunción. Si bien no se casó ni tuvo hijos, tiene muchos parientes con quienes compartir semana de por medio en los dos lugares. Y con la cordialidad que caracteriza a los quyquyeños, ella invita a conocer su pueblo natal. “Aquí van a encontrar cordialidad, algunas casas antiguas, unos arroyos muy cristalinos y el paisaje de serranías fascinante. Vengan, Quyquyhó les espera”.

Aspecto colonial

Viejas casonas de amplios corredores con gruesos pilares de mampostería, bien conservadas, predominan en el casco histórico de Quyquyhó. Algunas datarían de la época fundacional, en la segunda mitad del siglo XVIII. Dio origen al pueblo el gobernador Agustín Fernando de Pinedo, en 1776.

La feligresía católica celebra el 8 de setiembre el día de la Virgen María Nuestra Señora de la Natividad, con misa y procesión de la sagrada imagen por las calles céntricas.

Cómo llegar

Quyquyhó queda a 172 km de Asunción, en el departamento de Paraguarí. Se llega por un camino de tierra de 32 km que desvía de la Ruta N.º 1 Mariscal Francisco Solano López (la que une Asunción con Encarnación), en el Km 140, apenas al terminar el caso urbano de Caapucú. Esta vía está en proceso de empedrado. Existe otra alternativa vial por Ybycuí, con un camino vecinal de unos 30 km.

El pequeño pueblo cuenta con 930 habitantes en el área urbana y 6490 en todo el distrito, según datos del censo nacional del 2002.

Lugar de gente mayor

Son pocos los jóvenes que se quedan en Quyquyhó una vez que finalizan sus estudios secundarios. La falta de instituciones de formación terciaria o especialización en oficios les obliga a trasladarse a ciudades como Asunción, Ciudad del Este, Ybycuí, Encarnación o Buenos Aires (Argentina), en busca de oportunidades académicas o fuentes de trabajo.
Los alumnos de primaria van a la Escuela Básica N.° 76 Gral. Fulgencio Yegros y los de secundaria al Colegio Nacional Agustín Fernando de Pinedo.

La economía local se sustenta en cultivos agrícolas y en la ganadería, que se explota en las estancias que abundan en la zona.