Nuestra selección ocupó la primera posición (en idioma gua’i) en las pasadas eliminatorias y ya no nos dio el cuero para repetir lo de Francia, Japón-Korea y Sudáfrica. Entonces el pueblo paraguayo, que siempre tiene más espacio cerebral y neuronas solamente extendidas para el fútbol, comenzó a esparcir su inclinación y diseminar su fanatismo por algunas de esas selecciones que jugaron en Brasil.
Les comento que, sin ningún apasionamiento, incliné mi balanza deportiva hacia el equipo de Costa Rica, no sé si por eso de no tener playa costera y nada de rica, o por haber exhibido un buen fútbol desde que apareció en el mundial del Brasil.
Creo que la mayoría en el Paraguay le tuvo a Brasil como “su equipo” y luego de trastrabillar y sin nunca brillar, la paisanada criolla comenzó a desperdigar su acalorada inclinación por la selección alemana. El baile, con tufo a carnaval fuera de época, que le propinó Alemania a los brasileños creo que acrecentó la tendencia de volcar el aliento hacia la selección germana para la final contra los argentinos.
Con otro guaireño comentamos lo que hubiera ocurrido si Adolf Hitler vivía aún y se viese obligado a aguantar la camiseta aria arrollada a un pasadito de horno como el jugador ghanés Jerome Boateng, verle a los polacos Lukas Podolski y Miroslav Klose, aguantarle al musulmán Shkodran Mustafi, aplaudirle al turco Mesut Ozil y ponderarle al tunecino Sami Khedira. Me imagino la leña que hubiera usado Hitler con estos “alemanes”.
Tuve la ocasión de leer y escuchar algunas aseveraciones casi inaguantables hacia los argentinos. Alguien dijo que el odio viene desde la Guerra del 70 y creo que los argentinos abandonaron esa contienda después de la lección del cómo matar argentinos, uruguayos y brasileños en Curupayty. Se quedaron los brasileños a perseguirnos, actitud que ya había empezado con Raposo Tavares y Manuel Preto, reverendos invasores del Guairá cuando el Paraguay formaba parte de la Provincia Gigante de las Indias, país convertido hoy en una provincia gigante de los indios. O en una minúscula provincia de los brasileños…
Antes, durante y después de la final entre alemanes y argentinos resultaron y resaltaron los comentarios ventilados por los argentinos hacia el paraguayo como el “come mierda” hasta el “muerto de hambre”. No era para menos el retruque que nos dieron los argentinos después del mbokapu impresionante y de la alegría y argelería que demostraron los paraguayos y algunos guaireños tras la victoria alemana.
Decimos de todo en contra de los argentinos y tratándolos de lo peor. Hasta las paseras que van y traen de Clorinda el aceite, el gas, la harina, el azúcar, la pasta dentífrica, el jabón en polvo, la manzana y el papel higiénico son las que más maldicen a los argentinos.
También con mi amigo Lalo Aguilar, afectuoso y entusiasta hincha de la torcida bandeirante, comentamos lo que el paraguayo sigue sintiendo, con pasión y sin piedad, las consecuencias de la guerra con los bolivianos.
Los conjuntos musicales paraguayos siguen cantando las desfasadas letras de Emiliano en contra de los bolivianos, dejando en ridículo a los del altiplano. ¿Podrían los de Autores Paraguayos Asociados (APA) asociarse y desmentir alguna vez que nunca un paraguayo tomó tereré en un cráneo boliviano y que jamás con su machete, y como en su chacra, supo carpir el cuerpo de un boliviano?
Que los músicos nos defiendan de su argelería el día que los bolivianos entiendan el guaraní. Por otro lado, yo tampoco vi una chacra bien carpida y limpia en el Paraguay.