¿Será una moda, un “cacareo”, una “tilinguería” o la expresión más genuina de la población indignada?
Podrán ser varias las respuestas. Pero lo concreto es que cuando los despropósitos, la poca vergüenza y la impunidad con que actúan nuestras autoridades y se pasan de la raya, la ciudadanía no está dispuesta a tolerar. Los vientos de rebelión llegaron al Paraguay, como históricamente ha pasado.
La gente ya no está dispuesta a mirar apaciblemente cómo sus autoridades elegidas dentro de listas sábanas financian sus derroches, lujos y hasta su personal de servicio con el dinero que proviene de los impuestos.
Como nunca antes el escrache descolocó a los que se creían ciudadanos de primera, por encima de la ley. Dejan en off side a los que pregonan “cero estrés” ante las angustias y reclamos de la población.
Aunque la práctica es mucho más vieja, la palabra “escrache” no figuraba en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua hasta su vigésima segunda edición del año 2001 en que se incorporó con dos significados: “romper, destruir, aplastar” y “fotografiar a una persona”.
El vocablo es un aporte del lunfardo al español rioplatense y ya se instaló en la lengua española en todo el mundo.
Sin embargo, su significado va mucho más allá de lo que dice la RAE. Implica una reivindicación social, una sanción moral de la población hacia quienes se burlan de ella. Ante la impotencia de ver cómo la ley no es pareja para todos, la gente prefiere gritar, silbar y manifestar su desprecio públicamente. Es más que una declaración de persona no grata.
En su reentré político en la Argentina, el término fue empleado para evitar compartir el mismo restaurante o lugar público con los violadores de derechos humanos que fueron indultados durante el gobierno de Carlos Menem en 1995. Luego se agudizó con el corralito.
En Paraguay tuvo el condimento de arrojar papel higiénico contra la sede del Congreso y el hecho de que los mismos propietarios de locales comerciales y tiendas se hayan decidido a evitar el acceso a quienes los defraudan y agravian profundamente. Incluso, los hospitales privados aclaran que sólo los atenderán por “humanidad”, como corresponde.
Muchos prefieren quedarse en sus casas y querrán meter la cabeza bajo la tierra ante el rechazo social que producen. Pero solo declaraciones no los redime. Deben rectificar aún.
No hay que bajar la guardia. El escrache al parecer es un elemento poderoso que al fin redimirá al país de las injusticias y desmanes. Ya no nos pisotearán.
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