Meses atrás, por motivos personales, estuve en Asunción y todas las mañanas las dediqué a revisar colecciones de periódicos antiguos en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional. Anteriormente ya hice referencia al estupendo servicio que ofrecen los funcionarios, una muestra que cuando se quiere se puede. Pero este no es el caso.
Revisando periódicos de los años sesenta y setenta del pasado siglo –¡que dramático suena!– de tanto en tanto debía pellizcarme para salir de un ensueño en el que caía con frecuencia: aquellas hojas amarillentas por el paso del tiempo, quebradizas, frágiles, pertenecían a publicaciones hechas cuarenta, cincuenta años atrás. No eran los periódicos del día. ¿Es posible que aquí no se cumpliera el dicho al que acabo de hacer referencia de que el diario más viejo es el de ayer? Por atrás de este testimonio físico del paso de las décadas, aparecían los titulares, el desarrollo de las noticias, el contenido de las mismas, como si hubieran sido escritas esta misma mañana.
Los adoradores de García Márquez, porque el novelista colombiano ha pasado del mundo literario al mundo del culto, no se cansan en repetir su admiración hacia ese mundo fantástico, mágico, en que se mueven sus personajes. No se dan cuenta de que ese mundo, que no es literario sino bien real, es el que habitamos todos, cada día, en nuestros países sudamericanos. Sin darnos cuenta, nos hemos instalado en esas creencias mágicas, confiamos en ellas, nos entregamos a ellas de cuerpo y alma, aunque quizá no hayamos salido nunca de ellas y así ha venido siendo a través de los siglos, aun antes de la Conquista.
Pondré ejemplos ya que la gente parece entender mejor los ejemplos que los conceptos. He encontrado –tanto periódicos como revistas de las décadas del 60 y del 70–, artículos que hacen referencia a la preocupación de pequeños grupos de personas, por el estado en que se encontraba el lago Ypacaraí
Se recibe allí una avalancha de información, desde la integración de comisiones con el objetivo principal de solucionar los problemas de contaminación, hasta estudios muy serios hechos sobre la vegetación de la cuenca por parte de ingenieros forestales, y análisis de suelo de ingenieros geólogos, sin olvidar, es justo recordarlo, tonterías como aquella de que había que limpiar el río Salado para que así corriera mejor el agua del lago. No se pensaba que si uno desagua un depósito con una manguera de ¼ pulgada, se hará lentamente; pero si la cambia por una de 1½ pulgada, el agua se irá de manera mucho más rápida. Pero este detalle ya no importa.
¿Cuántos años han pasado desde entonces? ¿Treinta, cuarenta, ¡cincuenta!? Todo sigue igual, nada ha cambiado. O, mejor dicho, sí hay cosas que han cambiado: el lago está más cerca de una cloaca a cielo abierto que aquel “lago azul de Ypacaraí” del que habla la guarania. Sin lugar a dudas los poetas tienen una gran imaginación. Los que carecemos de ella somos los ciudadanos de a pie incapaces de exigir a las autoridades, a las de San Bernardino como a las de Asunción, que se encare el problema con seriedad. Nuestra abulia tropical terminará por destruirnos a todos. Seguimos esperando que nos caigan del cielo las soluciones mágicas, las soluciones milagrosas; esperamos que venga el mago Merlín con su varita mágica y “¡Abracadabra!” el problema quedó solucionado. Todo esto en García Márquez, al que cito más arriba, se llama “realismo mágico” y hasta se le da un Premio Nobel de Literatura. Pero en la realidad, se llama subdesarrollo y el castigo vendrá por añadidura. Por suerte no viviré otros cincuenta años para leer estos diarios de hoy y creer que estoy leyendo las últimas noticias de esta mañana.
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